Vivimos envueltos en papeles, etiquetas y expectativas que nos hacen olvidar quiénes somos en esencia. Adoptamos un nombre, una profesión, una
historia, un cuerpo, una nacionalidad, una serie de éxitos y fracasos que
tejemos como si fueran nuestro verdadero yo. Pero estas construcciones
mentales no son más que sombras proyectadas por el ego: un “yo” fabricado
que se siente separado, limitado y vulnerable.
Un Curso de Milagros lo expresa con claridad desconcertante:
“El yo que tú creaste no es el Hijo de Dios.”
Esta frase no es una acusación, sino una invitación a despertar. Lo que hemos
creado en nuestra mente —con sus miedos, defensas, culpas y estrategias de
supervivencia— no tiene la autoridad para definir nuestra verdad eterna. La
buena noticia es que hay algo en nosotros que nunca ha sido tocado por el
error, ni por el dolor, ni por la historia: nuestro Ser Verdadero, el Cristo
interno, el Hijo de Dios.
Ese Ser permanece intacto, sellado como un paquete sagrado e impermeable
a todo sufrimiento. Es la parte de nosotros que no necesita defenderse ni
justificar su existencia. No es arrogancia, es humildad reconocerlo. Porque al
recordar quién soy, recuerdo quién eres tú.
Este recordar no es un ejercicio intelectual, sino una experiencia que se
cultiva. La mente, domesticada por la ilusión, necesita ser entrenada
amorosamente para regresar al origen. Las afirmaciones no son solo frases
bonitas: son llaves que abren puertas cerradas por años de olvido.
Repite conmigo, cada día, como una ofrenda y un compromiso con la verdad:
1.“Soy un hijo perfecto de Dios, inmune a los errores de mi mente.”
No soy mis pensamientos errados, ni mis reacciones, ni mis miedos. Hay una
perfección en mí que no ha sido corrompida por nada de este mundo.
2.“Mi esencia es amor, y todo lo que no es amor puede ser transformado.”
La rabia, el juicio, el dolor, no tienen raíces eternas. Si no provienen del Amor,
pueden ser deshechos con un cambio de percepción.
3.“El Cristo en mí es eterno, pleno y siempre presente.”
No tengo que alcanzar nada, ni convertirme en alguien distinto. Solo debo
quitar lo que nunca fui.
4.“Me libero de las máscaras del ego y abrazo mi verdadera naturaleza divina.”
Renuncio a la necesidad de agradar, de temer, de esconder. No necesito representar, solo Ser.
5.“El amor es la única realidad y estoy en sintonía con él.”
No importa lo que el mundo me muestre, la verdad no cambia. El amor es lo
único real, y puedo volver a él ahora mismo.
La transformación interna no es un relámpago que todo lo cambia, sino una
luz que se enciende, se fortalece, y disipa suavemente las sombras. Requiere
paciencia, constancia y, sobre todo, compasión. No estamos corrigiendo al
ego con más ego; estamos deshaciendo su voz con la ternura del amor.
Cada vez que elegimos una nueva manera de mirar, estamos reconstruyendo
el puente hacia Dios. No desde el esfuerzo, sino desde la entrega. No desde
el castigo, sino desde el recuerdo amoroso.
Cuando miras con los ojos del Cristo interno, ves el mundo con inocencia. No
porque niegues el dolor, sino porque reconoces que más allá de él, hay algo
incorruptible esperando ser revelado.
Meditación final: “Yo soy el que Dios creó”
Cierra los ojos. Respira.
Imagina que cada célula de tu cuerpo comienza a recordar.
No su historia, ni su trauma, ni su sufrimiento.
Recuerda su origen divino.
Visualiza una luz suave que emana desde tu centro.
No viene de afuera; siempre ha estado ahí.
Es la luz del Hijo de Dios.
La luz de tu verdadera identidad.
Siente cómo se caen, una a una, las máscaras que ya no necesitas.
No luches contra ellas. Solo déjalas ir.
Tú no eres el personaje.
Eres el Espíritu que lo observa con amor.
Repite en silencio:
“No soy un cuerpo. Soy libre.
Sigo siendo tal como Dios me creó.
”
(Un Curso de Milagros, Lección 199)
Permanece en ese recuerdo.
Y si olvidas, no temas.
El amor no se va, solo espera a ser reconocido otra vez.