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La marcha de honor

Hoy quiero invitarles a reflexionar en algo profundamente humano y conmovedor.
Quizá algunos hayan escuchado hablar de la llamada marcha de honor que se organiza en los hospitales cuando un paciente dona sus órganos para que puedan vivir en otro cuerpo. Es un momento solemne: el personal médico, familiares y muchas veces desconocidos se alinean en silencio, mientras ese cuerpo avanza por los pasillos para dar el último regalo de vida.

En esos instantes, la gratitud supera incluso al dolor.
Los familiares se despiden de su ser querido, lo ven —o la ven— todavía con un hálito de vida, pero saben que no hay esperanza de que despierte. Es un tiempo de despedida, de desprendimiento, y también de generosidad.

Con los días, surge en ellos un deseo y una decisión: permitir que la muerte de quien tanto aman pueda dar vida a otros seres que quizás nunca conocerán. Mientras una familia llora la ausencia, otra celebra el milagro de un corazón que vuelve a latir, de pulmones que se llenan de aire, de riñones que limpian la sangre de alguien que tendrá una nueva oportunidad.

Pensaba entonces en el cumplimiento del dar y del recibir.
Unos reciben, otros donan, pero al final todos somos donantes y receptores. Nadie permanece para siempre en un solo papel. Somos a la vez sol que da luz y tierra que la recibe.

Quizá hoy nos toque el lado del dar: dar tiempo, dar consuelo, dar recursos, dar oportunidades, dar perdón. O quizás estemos en la posición del recibir: recibir cuidado, recibir paciencia, recibir palabras que nos sostienen, recibir el favor inmerecido de alguien que nos extiende la mano.

Ambos estados necesitan algo fundamental: gratitud.
La gratitud equilibra estas dos fases. Nos enseña a no enorgullecernos cuando damos ni a avergonzarnos cuando recibimos. Nos sitúa humildemente en el ciclo de la vida, reconociendo que no somos auto-suficientes, sino que estamos conectados unos con otros.

Así, al contemplar una marcha de honor, entendemos que aunque el cuerpo de esa persona deja de existir, su generosidad continúa latiendo en otros. Y nosotros, en nuestras pequeñas o grandes decisiones diarias, también podemos ser ese puente de vida para alguien más.

Imagina que hoy esa marcha puede ser tu marcha, mi marcha de honor.

Hoy camino mi marcha de honor. No es un paso triste, aunque sepa que el fin de mi tiempo ha llegado. Más bien, es un trayecto sereno, casi solemne, que me concede la vida para entregar a otros lo que aún late con fuerza en mí.

No quiero que me recuerden por mis miedos ni por esas batallas silenciosas que libré contra mis propios fantasmas. Ellas existieron, sí, y fueron tan intensas que me empujaron a lanzarme al mundo con fe y decisión. Quizá en otro corazón habrían sembrado desaliento; en mí, sin embargo, encendieron un fuego que me hizo conquistar mis días.

Quiero, en cambio, que me recuerden por mi disciplina, por esa concentración que desde niño me acompañó. Una mente templada es, lo creo firmemente, la clave para gobernar no sólo el propio destino, sino también para influir con bien en el camino de otros.

Deseo dejar de herencia mi anhelo de que otros brillen. Trabajé duro para purgarme de la envidia, hasta saborear el gozo profundo de apoyar a alguien sin buscar reconocimiento, sólo por el placer de verlo florecer.

Quiero también dejar mi empeño por conciliar opuestos. Siempre busqué la paz, aposté a la fuerza transformadora de las palabras, a ese puente sutil que nos salva de los abismos. Si algo quiero que quede vivo en quienes me conocieron, es mi creencia en el poder de dialogar, de escuchar, de tender la mano aun cuando parezca inútil.

Hoy, en mi marcha de honor, sé que una parte de mí seguirá latiendo en otros cuerpos, dando nueva vida, nuevos sueños, nuevas oportunidades. Y eso me honra más que cualquier cosa.

Y tú, si hoy fuera tu marcha de honor, ¿qué quisieras dejarle a los otros? ¿Qué legado sembrarías en sus memorias, en sus corazones, en sus futuros?

Que hoy, en este domingo, recordemos: nadie es eterno dador ni eterno recipiente. Todos somos ambos, y la gratitud es lo que hace hermoso ese intercambio.

Señor de la vida,
gracias por el don de dar y de recibir.
Enséñanos a vivir con gratitud,
a entregar con generosidad cuando podamos,
y a recibir con humildad cuando lo necesitemos.

Que cada paso nuestro sea una pequeña marcha de honor,
donde el amor y la esperanza se renueven en otros corazones.

Amén