“Porque por fe andamos, no por vista.”
— 2 Corintios 5:7
Muchas veces caminamos sostenidos por la fe. Algo profundo en nuestro interior nos susurra hacia dónde avanzar, incluso cuando esa dirección parece ir en contra de toda lógica humana. Esta intuición sagrada nos recuerda las palabras de Pablo: andamos por fe, no por vista. La fe nos invita a movernos confiando en una realidad que todavía no vemos, pero que el alma ya reconoce.
Aunque la fe es un talento presente en cada ser humano, requiere desarrollo, intención y práctica. En muchos de nosotros, la fe ha brotado precisamente desde la adversidad, desde noches oscuras donde el ego se derrumba y emerge la verdad más íntima del espíritu. Como Jonás en el vientre del pez, intentando huir de la voz divina y encontrándose allí mismo con su llamado, así también nuestra fe a menudo nace justo donde termina nuestro ego.
La fe no elimina el miedo; más bien, nos muestra cómo caminar con él sin perder el rumbo. He escuchado innumerables testimonios de sanación que me han recordado la fuerza misteriosa y poderosa de la fe. No hablo de una fe religiosa ni etiquetada; hablo de una fe que es pura sabiduría, una certeza arraigada en una dimensión sin formas, donde la ley es pura y la creación es transparente. Allí nuestra alma se alimenta y se fortalece, porque la fe conecta directamente con la causa, y al hacerlo, conoce el resultado antes de que se manifieste.
La fe no se puede transferir de una persona a otra; es un descubrimiento íntimo, único, intransferible. Quizás por eso unos sanan y otros no: porque el sabor de la fe no se puede describir, solo experimentarse. Personalmente, recuerdo la oración profunda que hice antes de salir de mi país natal, una afirmación tan clara y luminosa que supe en ese instante que todas las condiciones se alinearían para sostener mi propósito. Así fue. Así obra la fe.
Por eso, hoy —Día 11— nos dedicamos a agradecer por la fe. Nuestro deseo es que puedas liberar los velos que impiden que este talento divino guíe tu existencia con más fuerza y más luz.
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Afirmación del día
“Agradezco por la fe que me sostiene, me guía y me conecta con la certeza de lo divino en mí.”
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Cinco prácticas espirituales para agradecer la fe
1. Diario de certeza
Escribe tres experiencias de tu vida en las que algo invisible te sostuvo o te guió. Reconoce esos momentos como expresiones vivas de tu fe.
2. Respiración de entrega
Durante 5 minutos, respira profundamente y, con cada exhalación, di internamente: “Suelto el control; confío.”
Siente cómo el cuerpo se relaja al rendirse a una inteligencia mayor.
3. Revisión de milagros personales
Haz memoria de un suceso en tu vida que ocurrió contra toda expectativa lógica. Dedica un momento a agradecer esa intervención —llámala divina, universal o interior— que abrió el camino.
4. Oración afirmativa
Declara en voz alta una intención clara para tu vida, como si ya estuviera cumplida. Agradece no por lo que esperas, sino por lo que ya es en la dimensión del espíritu.
5. Acto de fe consciente
Haz hoy una acción que hayas estado posponiendo por miedo o duda. Un paso pequeño basta. Dedícalo a tu fe, como quien siembra una semilla en tierra fértil.